Ouro Preto, la perla del barroco. Brasil.

Es un tesoro de la arquitectura colonial, en el estado de Minas Gerais, y sinónimo de la mítica “fiebre del oro”.

Ouro Preto, la perla del barroco. Brasil.

Dicen que Ouro Preto es la estrella de la antigua Estrada Real, el camino de 1.410 kilómetros que se iniciaba en Diamantina -en el estado de Minas Gerais- hasta desembocar en el puerto de Paraty, cerca de Río de Janeiro, Brasil. Por esta ruta que corre entre montañas y bosques, viajaba hacia Portugal el oro, la plata y los diamantes que los esclavos africanos extraían de las minas de la zona.

Aquel camino hoy es un circuito turístico con ciudades históricas como Ouro Preto, Tiradentes, Congonhas, Diamantina, Mariana y Sao Joao del Rei. Claro que la puerta de entrada a ese circuito es Belo Horizonte, capital del estado de Minas Gerais desde 1897.

"Si nuestro país nació en algún punto del litoral brasileño, su concepción como nación fue en Minas Gerais, su madre fue Ouro Preto y su alimento fue el oro", dicen en esta ciudad que es un símbolo de muchas cosas: el barroco americano, las luchas por la independencia, el esplendor de la "fiebre del oro" del siglo XVIII brasileño y la oscuridad de la esclavitud.

Ouro Preto, que nació en 1711 y está ubicada a 93 kilómetros de Belo Horizonte, fue la primera capital de Minas Gerais en el siglo XIX. En 1933 el político brasileño Getulio Vargas decidió preservarla como "ciudad monumento y patrimonio artístico nacional", atento al valor de sus iglesias barrocas decoradas con obras de Antonio Francisco Lisboa "O Aleijadinho" -el mayor artista brasileño del período colonial- junto a otros creadores, como el pintor Manuel da Costa Ataíde y el escultor portugués Francisco Xavier de Brito.

Hay mucho para ver en Ouro Preto, porque además de una docena de espectaculares iglesias está el Teatro de Opera inaugurado en 1770 -es el más antiguo en Sudamérica- y el Museo de la Inconfidencia, los puentes de piedra, los caserones de estilo portugués como la Casa de los Contos y el Palacio de los Gobernadores.

Por estas calles que suben y bajan en pendiente, adoquinadas con piedras redondeadas -donde hoy abundan las posadas coloniales pintadas de amarillo o azul- hace tres siglos los esclavos transportaban en sillas tapizadas de seda a las damas de la aristocracia. Aquí fue donde el dentista Joaquin Jose da Silva Xavier, Tiradentes, tramó con otros apasionados rebeldes en 1789 la Inconfidencia Mineira, el primer movimiento político independentista de Brasil.

Los portugueses lo ejecutaron el 21 de abril de 1789 y trozos de su cuerpo descuartizado se exhibieron -como advertencia- en todo el camino hasta Río de Janeiro. Su cabeza colgó de una cuerda en el sitio donde hoy está la Plaza Tiradentes, en el centro histórico de Ouro Preto.

También aquí "O Aleijadinho" (el lisiadito), aquel gran artista que nunca salió de Brasil y era hijo de un arquitecto portugués, aquel escultor cuyas manos eran consumidas lentamente por la enfermedad, esculpió en piedra las estatuas de ángeles sonrientes, los altares y púlpitos que son valorados hoy como obras maestras del barroco brasileño. Todo esto ocurría mientras la suerte de algunos -los buscadores de oro- cambiaba según sus descubrimientos.

Esa fue la historia del bandeirante mulato Duarte Lopes, quien buscaba atrapar indios cataguases en el pico Itacorumi -en la Sierra del Espinazo- pero tuvo sed y buscó agua en un arroyo. En el fondo de su tazón de agua vio que brillaban unas pequeñas piedras negras, pepitas de oro cubiertas de óxido de hierro, oro negro. Tras él vendrían multitudes de "garimpeiros" desde San Pablo, Río de Janeiro y Lisboa. Porque durante unas pocas décadas, hace más de 250 años, las montañas y colinas de la Sierra del Espinazo, en el este de Brasil, fueron un nuevo El Dorado para muchos hombres ilusionados con la riqueza veloz.

La arquitectura de Ouro Preto es el testimonio de aquel esplendor. Por eso en 1980 fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.

La ciudad es famosa por sus iglesias: San Francisco de Asís, Nuestra Señora del Pilar, de la Concepción, del Rosario, de Santa Ifigenia, entre las más conocidas. Se dice que los videntes le escapan a Ouro Preto, por la fuerte carga humana que se siente al caminar por la ciudad. Algo de esa energía se siente en los teatrales reflejos dorados de la iglesia Nossa Senhora do Pilar, que parece iluminada desde adentro por el oro y la decoración religiosa barroca.

Se siente en las estatuas rústicas de la iglesia de los esclavos, Santa Ifigenia -la santa de Etiopía-, donde hasta el Papa es negro. Parece ser que Santa Ifigenia se hizo gracias a la generosidad de Chico Rei, un esclavo que compró su libertad con el oro de su propia mina, Encardideira.

Obras maestras

Se siente la alegría de estar vivo, por caso, en las pinturas del cielorraso de la iglesia Sao Francisco de Assis, obra de Manuel da Costa Ataíde, que muestra la salvación a través de la música: María es una mulata feliz, coronada por estrellas, a sus pies hay querubines y ángeles que tocan la lira, el violín, arpa, flauta y guitarra. La mujer y los hijos de Ataíde fueron los modelos. Esta iglesia construida en 1766 es la obra maestra de Aleijadinho, hizo las esculturas de la entrada, todos los altares y los púlpitos.

En otros detalles, el contradictorio pasado de Ouro Preto sale a la luz. Se nota en los signos de la Masonería, disimulados en la pirámide de siete escalones frente a un altar. O en la decoración de caracoles esculpidos -se usaban como moneda para comprar esclavos y, entre los cautivos, para adivinar la suerte- que aparecen en Santa Ifigenia.
 
Y una visita al Museo de la Inconfidencia, a pocas cuadras de aquellas tres iglesias, revela que las primeras estatuas de los santos -esculpidas en Ouro Preto para viajar por todo Brasil en las procesiones religiosas- tenían un hueco bien escondido en su interior, para contrabandear oro.

Fuente:
Diario Clarín
www.clarin.com

Imagen:
Wikipedia
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